ARTISTAS VASCOS EN
VENEZUELA
En ningún momento han
pretendido los organizadores de esta muestra de arte vasco que ella
pudiera ser cabal expresión y síntesis perfecta de esa altísima
manifestación del alma de nuestro pueblo. Porque esta muestra nace con
limitaciones que nadie puede desconocer y menos que nadie los hombres que
han puesto su esfuerzo para que ella se realice en momentos en que otras
expresiones espirituales de nuestra colonia en Venezuela dan fe de nuestro
existir.
Esta exposición de
arte vasco está integrada exclusivamente por artistas compatriotas
actualmente residentes en Venezuela. A la vista salta, pues, su limitación.
Pero creemos que esta misma limitación evidencia méritos que resulta difícil
desconocer. Porque el hecho de que un pueblo tan pequeño numéricamente
como nuestra patria haya enviado a estas acogedoras tierras de Venezuela,
junto a millares de hombres que levantan edificios, trabajan el hierro,
hacen moverse en maravilloso modo a los tipos de la imprentas, y se
ejercitan, en fin, en todas las ramas de la industria y el comercio, a
estos otros que, apartados del tráfago de los negocios, recogidos en su
soledad fecunda en la que, como hermosamente dice Wladimir Weidlé,
mediante el arte sirven al principio divino del universo, es uno de los más
altos testimonios que los vascos pueden ofrecer de la complejidad de las
actividades de su genio nacional, no sólo allí en su vieja tierra que,
al fin, "todo hombre es eterno en su lugar", como afirmó Goethe,
sino en cualquier otra parte donde arraiguen, trayendo como herencia la fe
en sus propias potencias creadoras.
Y certificando estas
cosas, aquí tenemos entre nosotros a Enrique Al-bizu, el irunés que
ostenta un impresionante record de premios desde el inicio de su carrera,
en la que ha cultivado con preferencia la figura, con mano vigorosa en la
que se puede apreciar especial predilección por los fondos oscuros y la
luz de mucho claro oscuro, según observa el maestro Kape-rotxipi.
Tenemos al beratarra
Larramendi que nos recrea con unas maravillosas interpretaciones del
paisaje venezolano y, junto a él, a Cuezala, a quien su signo de hijo y
nieto de grandes pintores lleva a un constante trabajo de superación
manifestado, aquí en Venezuela, por un tratar casi exclusivo de los temas
indigenistas.
Tenemos a Eloy de
Erentxun, a quien, asimismo, la sombra de su tío, el egregio bohemio
Teodoro, pareciera empujar en su pasión por la pintura, al servicio de la
cual ha puesto su fina paleta con su distinguida forma de interpretar el
paisaje.
Tenemos a Celedonio Otaño,
tan excelente pintor como virtuoso de la caricatura, y a Ricardo Arrúe,
tan notable pintor como excelente ceramista, ya de sobra conocido en
Venezuela, y a José Galparsoro, Andoni Arozena, Bingen Arnoriaga, Isaac Díaz
de Ibarrondo y Juan Vizcarret, finos pinceles que han de ser muy
apreciados, y a Saturnino Canales y José Luis Echebarría que con sus
vitrales procurarán hacer bueno aquello del maestro Alain de que ese género
es el de la pintura más brillante y que conquista casi ese colorido puro
de la piedra preciosa...
Y —"the last but
not the least"'— con nosotros está José UHbarre-na, el joven
escultor navarro, sólida realidad de quien está demás hablar en este país
donde, día a día, crece y ha de crecer su fama. Ulibarrena sigue con
paso firme la senda de su glorioso paisano Miguel de Ancheta, y, con
Mogrobejo, Higinio Basterra Iñurria, Leunda, Fernández de Viana y otros
igualmente notables, está dispuesto a demostrar que, si como se ha dicho,
la gente vasca se presta como pocas a ser interpretada en esa especialidad
plástica, nuestros escultores en un porvenir próximo han de compensar
con la gloria de sus magistrales producciones la penuria de un pasado que
no supo en este campo del arte oír la voz de las potencias creadoras de
la estirpe.
Revista Aniversario del
Centro Vasco, Caracas, 1957.