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OBRAS - COMPLETAS |
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OBRAS COMPLETAS PUBLICADAS en INTERNET - VICENTE ANTONIO de ICUZA |
TERCERA PARTE En el corso de Su Majestad
No faltarían preocupaciones a Icuza en los largos días de su navegación de Cádiz a las costas de Venezuela. Además de las que, naturalmente, la dirección de la pequeña escuadra no dejaría de traerle, el rechazo de Urtesabel en quien sabía podía confiar como en sí mismo y la relegación de José Antonio de Álzate, a¡ que desde niño había conocido en el puerto de Pasajes hasta verlo después convertirse, con los años, en un verdadero hombre de mar, como hecho de encargo para capitanear a su lado su embarcación favorita, la balandra "Aranzazu", le escocían en lo más íntimo, más que por lo que suponía de desconsideración hacia sus personales elecciones, por lo que sabía él, como Gálvez no podía saberlo, qué perdía al no poder contar en los puestos claves de su empresa con la cooperación de hombres del mayor valor y de toda su confianza.
No dejaban tampoco de poner cuidado en su ánimo, no obstante el decidido que traía para triunfar en su intento, los mil obstáculos que habría de encontrar en su camino de la parte de sus naturales enemigos los practicantes del comercio ilícito, muy especialmente los poderosos negociantes de Curazao y otros. Pero lo que ni de lejos podía imaginar es que, por los días en que estaba preparando su partida de Cádiz, se había puesto en marcha una maquinación, precisamente en el punto al que ahora enderezaba su rumbo; maquinación que En efecto, en cuanto el Intendente tuvo conocimiento de la Real Orden de 19 de Mayo por la que se disponía el restablecimiento del Resguardo Marítimo, hubo de reaccionar vivamente contra tal medida que consideraba innecesaria, ineficaz y dispendiosa. ¿Por qué? Pues, sencillamente, porque « cinco años ha que en esta Provincia no se hace contrabando considerable ». Y esta feliz situación no es, ciertamente, algo que se haya conseguido por medio del Resguardo que durante cincuenta años mantuvo la Compañía « sin poderlo cortar ni disminuir ». La causa del milagro, como Saavedra sin excesiva modestia declara, se debe * al establecimiento de un Intendente que vigile con inteligencia y con celo los intereses del Rey y del público », es decir, un funcionario que venía a resultar, cabalmente, la imagen opuesta a los Gobernadores cuyo * descuido y poca inteligencia» fomentaba el contrabando, así como «la codicia de sus allegados, el interés que en él tenían los Auditores, los Secretarios y hasta los mismos Ministros Reales... », es decir, todos los miembros más destacados de la tradicionalmente corrupta burocracia española de la cual sólo se salvaban, no sabemos cómo ni por qué, los Intendentes. Reconoce Saavedra que «la Compañía tenía mucho interés en que no se hiciese el trato ilícito... pero no todos sus dependientes tenían el mismo interés ». El éxito actual, siempre según Saavedra, es debido a que, con el establecimiento de la Intendencia, « el país se hallaba provisto de los géneros que necesitaba, porque todos sus frutos encontraban buena salida y porque en los puertos no había condescendencias ni soluciones ». Que no se dejen seducir en la Corte por las noticias que puedan darles los interesados en la Compañía Guipuzcoana, porque * Ellos tenían aquí cimentado un imperio que les ha sido muy doloroso perder. Buscarán todos los medios para restablecerlo », etc. etc.
Todas estas razones y otras exponía el Intendente Saavedra al Ministro Calvez en carta reservada, fechada en La Guaira el 24 de Octubre de 1783 y que el lector hallará, fiel y totalmente, transcrita a continuación y es como sigue:
i RESERVADA. — Muy señor mío: Soy incapaz de demorar un punto el cumplimiento de las resoluciones de S.M. y por consiguiente, se pondrá en práctica cuanto prescribe la Real Orden de 19 de Mayo último, que trata sobre el resguardo marítimo, luego que don Vicente Antonio de Icuza se presente en esta capital. Pero faltaría a la confianza que he merecido al Rey, al concepto con que V.E. me honra, y a lo que debo a la felicidad de las provincias que se me han confiado si no manifestase con sinceridad lo que se me ofrece sobre uno de los asuntos más arduos e importantes que pueden ocurrir durante el desempeño de mi empleo.
. Yo quisiera que la resolución de establecer resguardo marítimo se hubiese demorado algún tiempo hasta que la experiencia nos convenciese de su necesidad. El costo de cerca de doscientos mil pesos a que ascenderá anualmente su subsistencia, merecía que se hiciese este ensayo, y, si por lo que actualmente pasa, hemos de sacar conjeturas para lo venidero, este exorbitante gasto, será, por la mayor parte, infructuoso. » Esta casi extinción del trato ilícito no ha sido efecto del resguardo marítimo. La Compañía le mantuvo por espacio de cincuenta años sin poderle cortar ni aun disminuir. Se ha debido al establecimiento de un Intendente que vigile con inteligencia y con celo los intereses del Rey y del público, se debe a la buena forma y distribución que mi antecesor dio al resguardo de tierra que es el que, verdaderamente, impedirá el contrabando siempre que proceda con fidelidad, se debe a las precauciones tomadas en los puertos de la provincia por donde, en el día, es dificultosísimo se introduzca y se extraiga cosa alguna clandestinamente, se debe, en fin, a la abolición de una multitud de abusos de donde traía su origen aquel mal.
» La mayor parte de estos abusos que fueron el origen y apoyo del contrabando los abolió el establecimiento de la Intendencia. Por los puertos principales no se hace en el día ninguno; el que puede hacerse por las costas ni es remediable ni merece consideración. Se reduce y ha reducido siempre a algunos pobres mochileros que llevan a hombro una fanega de cacao por caminos intransitables y la cambian por una pieza o dos de coleta. Este trato ni ha causado ni causará jamás perjuicio al comercio de la metrópoli. No lo puede cortar el resguardo marítimo en una costa de más de trescientas leguas donde para acudir de una extremidad a otra necesitan los
> ¿Y por qué, con tantas proporciones para el trato ilícito, no se ha hecho en la época en que había más incentivo para hacerle? Porque el país se hallaba provisto de los géneros que necesitaba, porque todos sus frutos encontraban buena salida y porque en los puertos no había condescendencias ni soluciones. Es, evidente, pues, que el contrabando es extinguido sin resguardo de mar: que el modo de conseguirlo es continuar con las precauciones tomadas y fomentar los comercios permitidos por todos los medios que dicta la buena política. Si es cierto lo que aquí se ha publicado de que a el cacao que se introduzca en España de países extranjeros se le ha impuesto seis reales de derecho por libra, no hay resguardo en el mundo que equivalga a esta oportuna providencia.
» Supiico a V.E. encarecidamente que en materia de comercio o resguardo de estas provincias desconfie de cuantas noticias puedan darle los interesados en la Compañía Guipuz-coana. Ellos tenían aquí cimentado un imperio que les ha sido muy doloroso perder. Buscarán todos los medios de restablecerle y quisieran que este Erario se hallase gravado con un peso insoportable para que, volviendo a soltarles la carga, los reintegrasen en su comercio exclusivo. Desde el principio se propusieron fundar en el resguardo marítimo un baluarte para resistir a los ataques de sus contrarios. Nunca el tal resguardo fue necesario, pudiéndose suplir sus efectos por medios más sencillos y menos gravosos, como lo ha demostrado la experiencia.
•> Le fue menos costoso de lo que figuran, y de lo que le será al Rey porque empleaban en este objeto los mismos marineros y buques que, por otra parte, servían a su tráfico; pero la Compañía se escudó con este espantajo del resguardo para hacer miedo a la Real Hacienda siempre que se trataba de libertad al comercio de esta Provincia. No soy ni apasionado ni enemigo de la Compañía Guipuzcoana; como a comerciante particular la serviré en cuanto pueda: pero tampoco permitiré que perjudique al comercio nacional, guardando el justo medio de la imparcialidad y de la razón.
» Repito a V.E. que en todo lo dicho no llevo más objeto que el deseo de que no se perjudique a los intereses del Rey, ni a la prosperidad de estas Provincias. Examine V.E. mis proposiciones: tome sobre ellas los informes que quiera de
personas inteligentes e imparciales y las hallará arregladas a la exacta verdad.
No contento con la anterior, remite Saavedra, en la misma fecha, 24 de Octubre, otra comunicación que, como la anterior, damos íntegra a continuación:
* Muy señor mío: Desde Caracas avisé a V.E. mi arribo y que en las cercanías de Barcelona me había detenido algunos días, solicitando a un bergantín inglés que supe andaba, habiendo dejado mi conserva en este sitio y marchádose a La Guaira el bergantín "San Joaquín" y balandra "Aranzazu". Igualmente, noticié a V.E. que, de acuerdo con el Intendente, pensaba hacer una campaña con los dos bergantines y lancha "San Vicente Ferrer", al mando de don Juan Antonio Careaga, y que, a mi regreso a aquella ciudad, arreglaría el número de guardacostas y clase que debe haber en adelante.
> Habiendo, pues, salido el 16 de Enero los tres referidos buques desde La Guaira, navegando cerca de la punta de Araya, a la vista de Cumaná e isla Margarita, rompió su palo de trinquete y mastelero el bergantín "San Joaquín", por cuyo motivo deliberé habilitarlo con los palos y aparejo del bergantín "Coro" y transbordarme con mi gente a aquél, enviando a éste a Puerto Cabello al cargo de D. Manuel de Echeandia.
» Estando en la punta de Araya fondeados, en la faena de cambiar palos de un bergantín a otro, me noticiaron estaban cerca de la isla Margarita, distantes de mí como cinco leguas, un bergantín y una balandra inglesas. Me fue muy doloroso el no poder hacerme a la vela en aquellas circunstancias, e Ínterin me aprontaba a toda diligencia, pedí un práctico al Gobernador de Cumaná para que con bote registrase, como en efecto registró, si se mantenían en su puesto los buques ingleses citados, pero regresando el práctico, me aseguró habían marchado y que, sin duda, alguna lancha, de las muchas que cruzan aquella costa, les noticiaría de los bergantines guardacostas. »Inmediatamente que estuve habilitado con el "San Joaquín", me hice a la vela para la isla de Puerto Rico, trayéndola conmigo a la lancha "San Vicente", y habiendo recalado el 13 del corriente sobre el cabo Mala Pascua de ella, apresé una goleta inglesa a la que, sin pérdida de tiempo, la armé en guerra, al mando de D. Domingo de Jauregui. El 14 avisté dos balandras, con bandera inglesa, que salían de la costa. Me dirigí sobre ellas, pero conociendo huían dirigiéndose a entrar en los bajos, hice seña a la lancha y goleta para que las siguieran, y, en efecto, antes de una hora, al ver los ingleses que Careaga y Jauregui se preparaban al abordaje, hicieron fuga en su bote a tierra los de una balandra de la que, mientras se apoderó Jauregui, marchó sin pérdida de tiempo Careaga, con su lancha, hacia la segunda cuya tripulación, al ver igual demostración de abordaje, practicó la misma diligencia que la de la primera: ambas están forradas en cobre; la primera cargada de palo de mora, y la segunda de muías las que he enviado al puerto de La Guaira.
» Si hubiera yo logrado venir con el otro bergantín y balandra "Aranzazu", la que también quedó con el bauprés rendido, sin duda alguna hubiera tenido la mayor complacencia en dirigir a V.E. una relación de veinte a veinticinco presas; pero pierda V.E. el cuidado que se les perseguirá con tesón.
» Los expresados Careaga y Jauregui, como todos los demás oficiales, han trabajado con la mayor actividad y manifiestan deseos de tener ocasiones de acreditar su amor y celo al Real Servicio, y son acreedores a que S.M. los atienda.
> Aguada de San Francisco de Puerto Rico, Febrero 20, 1784 >.i
En otra carta, de fines del mismo mes, vuelve Icuza a referirse a las presas ya citadas, precisando algunos detalles más. Dice así:
» Habiendo dejado limpia la costa de Puerto Rico, recalé cerca de la isia de la Trinidad, desde donde hasta este puerto, aunque ha habido los días pasados una balandra inglesa de 14 cañones, cargada de ganado vacuno y un balaux francés de muías, no he encontrado a otro ninguno. La causa de no haberme dejado ir a la costa de Santo Domingo y Maracaibo, ha consistido en que hacían suma falta, en caso de encuentro con enemigos, los sesenta hombres enviados a la conducción de las citadas presas, y porque el gobernador de Puerto Rico, don Juan Saban, me avisó anduviese con cuidado respecto a que en Tórtola isla inglesa, se estaban armando dos bergantines y algunas balandras de Santo Tomás, isla dinamarquesa.
* De acuerdo con el Intendente, arreglaré ahora el corso que debe subsistir en el día y, puntualmente, daré a V.E. la noticia de lo que llegaremos a obrar.
« Sr. Don Vicente Antonio de Icuza.
« Besan la mano de Vuestra Merced sus atentos servidores. » José Antonio de Echearte, José de Navarrete *.*
> Al verme sin el mando de las cuatro lanchas y del balaux que sin necesidad han habilitado causando gastos, sin conocimiento mío, como V.E. verá por una de las citadas, con fecha 5 de éste, he dejado do enviar a la balandra "Aranzazu" la cual, sin el riesgo de perderse, no podría internarse en los bajos de Arícula en la explicada costa de Coro en donde comercian los holandeses, y por lo mismo era precisa la compañía de una o dos lanchas que podrían atracarse en tierra para poder apresar goletas o balauxes que continuamente trafican desde la isla de Curazao que no dista más de doce o quince leguas; y a la balandra "Aranzazu" sola se le escaparían de noche, por lo mismo que se vería sin poder entrar de día en los bajos referidos. Espero que V.E. sin pérdida de tiempo tomará las disposiciones que más convengan al servicio de S.M. pues no podré hacer se verifiquen lo que V.E. me encargó, desea y yo quisiera, sino es teniendo o concediéndoseme el mando sobre todo buque guardacostas sea grande o pequeño. » Dios guarde... ».*
Pero no estaba para atender a esas ni a ningunas otras razones el ministro español cuya resolución respecto al corso de las costas venezolanas había sido tomada ya para esas fechas, como muy pronto lo hemos de ver. Se reunieron en esta junta, con el Intendente, diversas personalidades y representantes de distintos sectores de la Provincia que eran: el señor José de La Guardia, contador mayor de Cuentas; don Francisco de Múgica, contador principal de Ejército y Hacienda; don José de Vidaondo, Tesorero General; don José de Oraa, Administrador General de la Real Hacienda; don José de Limonta, Fiscal de Real Hacienda; los señores don Manuel de Clemente y Francia y don José de Escorihuela «diputados del muy Ilustre Ayuntamiento de osta ciudad »; los señores coroneles Conde de Tovar y don Juan Vicente Bolívar « representando la parte de los cosecheros y labradores de estas provincias »; los señores don Esteban Antonio de Otamendi y el Factor Principal de la Real Compañía Guipuzcoana don José de Amenabar por todo el comercio de esta Provincia, y el señor don José Pizarro, Comandante General del Resguardo de Tierra.
No conocemos la reacción de Icuza ante los resultados de esta junta en su ausencia celebrada y que tan directamente afectaba a sus planes. Al no tener noticia de queja alguna suya ni tan siquiera de comentario a ella referente, debemos pensar que, al fin y al cabo, debió considerar razonable la reducción acordada, puesto que en sus actuales campañas había podido comprobar que, indudablemente, la acción de !os contrabandistas no era ya como la de los antiguos tiempos ni de la magnitud que sus informes le habían hecho creer, ni por otra parte le iba a servir de nada el oponerse a opinión que tan claramente se había manifestado mayoritaria y habría de gozar de la simpatía de la Provincia en cuanto reflejaba una mayor defensa contra la exacción de sus recursos. Pero otra contrariedad le aguardaba ante la cual, ciertamente, no podía callar: las lanchas guardacostas con las cuales contaba fundamentalmente para el completo servicio y cuya utilidad se le revelaba ahora aun mayor que nunca en vista de las reducciones a que habría de estar sujeto éste, habían sido puestas a las órdenes del Comandante del Resguardo de Tierra « que ha puesto capitanes con encargo a sus patrones no se acerquen al buque comandante ni obedezcan orden mías y que de lo contrario serán conducidos a Caracas con un par de grillos, y así se ha verificado en lo que corresponde a la primera parte, pues ninguno se me ha presentado ». Se trataba de unas embarcaciones que la experiencia de muchos años le obligó, en el 1771, a construir, es decir, se trataba de una obra hija de su propia experiencia; se trataba de algo que el más elemental sentido común proclamaba como una verdad que rompía los ojos y hacía hervir el pecho de indignación, como herviría ciertamente el de Icuza, pues sobre la condición de los de su raza ya había escrito acertadamente Larramendi: « El genio del guipuzcoano es salido como el del vizcaíno. Del guipuzcoano de bien a bien se logrará todo; pero por mal nada se logrará, porque se emperra y obstina, y jura a Dios, Jauncho que no ha de ser lo que tu quieres.. . Tratados bien son admirables para amigos, son fieles, secretudos, serviciales. Tratados mal y duramente saltan y se enojan con facilidad ».*
Se comprende, pues, bien, y se siente la cólera escondida tras las fórmulas corteses y las razones legales de la carta que, con fecha 3 de Abril, dirige desde La Guaira, al Intendente Saavedra y de los esfuerzos que habrá tenido que hacer el escribano EIduayen, el « Vecino concejante de Fuenterra-bía » y hombre « que lleva la pluma al Comandante Icuza », para escribir en los tonos más comedidos y del modo más objetivo la carta cuyo texto completo damos a continuación y en la cual también, dentro de la mayor sobriedad, se hace referencia a otro agravio que acaba de recibir: el que a varios de los oficiales de los que bajo sus órdenes han venido a servir en los guardacostas, se les haya destinado a tierra, sin que a él, su Comandante, se le haya siquiera avisado de ello. Dice así la carta:
A la vista de esta carta, Icuza, acompañando copia de ella y de la suya antecedente, eleva la cuestión a Calvez, en los términos siguientes (La Guaira, 5, abril) :
« Muy señor mío: Con fecha 28 de marzo, tengo escrito a V.E. mi llegada a este puerto, y muy lejos de pensar en molestar sus respetos con recursos, discurría entonces arreglar, de acuerdo con el Intendente, el corso que por ahora debe subsistir en el resguardo de estas costas. Pero al primer paso, me he hallado sin facultades para poder disponer sobre las cuatro lanchas guardacostas que, en tiempo de la Real Compañía, y aun en el de D. José de Abalos, estuvieron bajo mi mando. Porque durante la campaña de Puerto Rico, las ha apropiado bajo del suyo don José Pizarro, comandante del resguardo de tierra, como si fueran buques semejantes a las dos falúas de rentas que, destinadas a su disposición, hay en este puerto y otra más en el de Cabello.
» Me hallo algo indispuesto de un pie que me embaraza subir a Caracas, por cuyo motivo he escrito al Intendente don Francisco de Saavedra, una carta que su copia y la de la respuesta incluyo a V.E. a una con la del capítulo 59 de la Real Instrucción de Intendencia que me ha dirigido la cual parece, no habiendo disposición expresa que derogue su con- » En lugar de lanchas o canoas que en otro tiempo tenían los Factores de la Real Compañía, y después debían entender también en su dirección los administradores de Real Hacienda, y que las cita la expresada Instrucción de Intendencia, ha hallado y tiene hoy a sus órdenes don José Pizarro, las tres falúas referidas, dos en éste y una en Puerto Cabello, con cada ocho a diez hombres, suficientes para las visitas de barcos y resguardo de bahía; para cuyo fin no teniendo, como no tiene necesidad de lanchas guardacostas, las ordena ir a todas partes lejos de los puertos, separadas de mi compañía y mando, aun el balaux que han armado en guerra y enviado desde Puerto Cabello con una de las lanchas a la costa de Coro, sin inteligencia mía. Si se debe seguir esta regla, esté V.E. en la segura persuasión de que jamás podremos lograr hacer el servicio con aquella quietud, eficacia, felicidad y economía que la recta intención de V.E. desea y yo quisiera. Y, por consiguiente, me será doloroso al ver que, encontrándome con algunos barcos enemigos y, al mismo tiempo, por casualidad, con lanchas guardacostas, no obedezcan éstas, como no obedecerán orden mía, y que se malogre el fin de apresarlos, pues la experiencia de muchos años me enseña que los buques mayores guardacostas sin el auxilio de las lanchas no podrán siempre apresar todos los barcos de ilícito comercio que llegaren a encontrar, ni tampoco éstas sin la sombra y respeto de aquellos, como se ha verificado en la campaña que acabo de hacer en los bajos de Puerto Rico con el bergantín "San Joaquín" y lancha nombrada "San Vicente Ferrer", al cargo de don Juan Antonio de Careaga que se halla con alguna aptitud más que la que tienen los jóvenes que don José Pizarro ha colocado por capitanes, teniendo yo en los dos bergantines y balandra "Aranzazu" varios oficiales a quienes poder destinar para que las manden, sin añadir nuevos sueldos, respecto el resguardo marítimo desde la costa de la Trinidad hasta la de Maracaibo, respecto a haber reconocido yo, en las recorridas que he dado y noticias que he tomado, de no recalar a estas costas embarcaciones extranjeras contrabandistas en tanto número y con la fuerza que venían hasta algo antes de la guerra, ni como se conceptuó vendrían después de la declaración de la presente paz, y deben consistir en:
» Nota. — Que no teniendo en el día más que una balandra se puede hacer la presente campaña con ella y el bergantín "San Joaquín" y en el caso de que, por apresamiento, se consiga otra que sea proporcionada, se deberá armar luego, y en el de que no se logre el apresamiento, se deberá comprar para dejar dicho bergantín "San Joaquín", en Puerto Cabello desarmado, al cuidado de dos hombres para en caso de urgente necesidad de habilitarlo o para en los que haya noticia de contrabandistas de mayor fuerza que la de las dos balandras en Puerto Rico cuando se suele recorrer aquella costa y podrá destinarse el bergantín "Nuestra Señora de Coro", siendo del Real agrado, a la costa de Honduras con su capitán don Manuel de Echeandia, por haber navegado éste por aquellos mares, y ínterin puede emplearse dicho buque con una de las balandras presas en la conducción de la madera que existe en Cumaná y se está perdiendo y podrá tener salida en Puerto Cabello a beneficio de la Real Hacienda.
Al día siguiente, 28, Saavedra remite a Gálvez el nuevo plan de Icuza, al parecer <> formado con su acuerdo ».2
» Si el espíritu del referido capítulo 59 fuese tal como parece se ha conceptuado, sería justo y bien fundado el no variar la resolución tomada sin expresa orden del Rey; pero, permítame V.S. le haga presente que el referido capítulo se ha tomado en el accidente y no en la sustancia, como lo conocerá V.S, de lo que expondré.
»Lo segundo, que comprueba eficazmente esto mismo es que, habiendo sido el señor don José de Abalos, antecesor de V.S. el que bajo la instrucción referida estableció esta Intendencia y sabía bien el verdadero espíritu del citado capítulo y no perdonar ningún derecho o acción de su ministerio, no separó de mi comando ninguna de las lanchas, sino que todas estuvieron a mis órdenes como que fui Comandante del Resguardo de Mar cuasi en todo el tiempo de su Intendencia.
» Lo tercero que en la nominación que hace al principio dicho capítulo de lanchas del Resguardo en los puertos de La Guaira y Cabello, confunde la cualidad de embarcaciones destinadas expresamente para este fin, porque en La Guaira sólo había una falúa que corría a las órdenes de los Oficiales Reales y en Puerto Cabello otra falúa y canoa y aquélla confusa de nombre, pues aunque había dos lanchas en La Guaira y una en Puerto Cabello para cargar y descargar, no eran éstas del Resguardo, y sólo en algún caso raro de haber recelo de algún contrabando en la inmediación del puerto, se armaban y, hecha la diligencia, se volvían a desarmar y lo que se aprehendía con ellas en las inmediaciones, se reclamaba como comiso y no así con todo cuando las mismas lanchas alguna rara vez se armaron para salir fuera del recinto del puerto, pues entonces se reputaba lo cogido como presa, y no por comiso, como en el otro caso, lo cual apoya no haber estado nunca destinadas las lanchas al resguardo ni fuera de mi comando se reforma o aclara al fin de dicho capitulo, cuando se trata del nombramiento de los cabos, pues dice: de lancha o canoas de resguardo, y de que habla de éstos únicamente destinados al resguardo en los puertos se evidencia del pasaje en que dice: les han de expedir sus títulos por solo el Intendente como a individuos del Resguardo de tierra, pero que tampoco han de poder alejarse en sus empresas del puerto y sus inmediaciones.
> Finalmente, por el oficio que me pasó el Excelentísimo Señor don José de Calvez en respuesta al de mi proposición de oficial que tuviera comando particular de las lanchas bajo de mis órdenes, se ve que no deben éstas distraerse de mi comando, porque si hubiesen de estar al del Comandante de tierra, se lo avisaría a V.S. su Excelencia expresamente. De no ser así, como todos los demás referidos antecedentes del origen del capítulo de no haberse hecho por él variación después de establecida la Intendencia por el antecesor de V.S. hay sobre lo J primero varios cuerpos de autos ante el escribano don Antonio ;¡ Juan Tejera, y consta lo segundo a los Factores de la Beall Compañía y aun a los Ministros de la Real Hacienda de aquél
tiempo, si tuviese V.S. a bien informarse, mediante lo cual sobre estar, como está, clara y terminante la justicia de mi acción sobre dichas lanchas, me son indispensablemente necesarias para hacer el resguardo de mar con toda la actividad posible o no exponiendo a malograr los lances que se ofrecen en la persecución de las embarcaciones contrabandistas, y en los casos de imposibilidad de acercar con los corsarios mayores entre bajos y parajes de poca agua en que suelen abrigarse y hallar su refugio, en cuya atención espero de la prudente consideración de V.S. se servirá dar la correspondiente providencia a fin de que se me entreguen dichas lanchas.
Saavedra da cuenta de tal decisión, que seguramente a ninguna de las dos partes contenta y que ciertamente a Icuza no puede satisfacer, en carta que dirige al ministro Calvez. *
Se recordará cómo en sus cartas de 23 de Octubre y la de 30 de Diciembre de 1783, el Intendente Saavedra, al recibir el despacho conteniendo la Real Orden de 19 de Mayo del mismo año en que se mandaba establecer el Resguardo marítimo de cuenta de la Real Hacienda, se apresuró a exponer a Calvez toda una serie de razones según las cuales tal establecimiento sería además de muy costoso, inútil y hasta contraproducente. Esa actitud, desde el principio adoptada contra la empresa de Icuza y en que lo hemos visto continuar en la convocatoria de la Junta de personalidades representativas para discutir el financiamiento del Resguardo, en el de las lanchas, etc., es mantenida en varias comunicaciones posteriores, entre la que hemos de señalar la de 4 de Abril de 1784 en la que se repiten los argumentos ya en las anteriores expuestos y se añade alguno que otro nuevo; contra todo lo cual nada tendríamos que decir si no viéramos que, por desgracia, en el ánimo del Intendente la pasión le hace ignorar la verdad de un modo que, realmente, no admite disculpa.
Porque empieza repitiendo cómo Icuza a su llegada, en su recorrido de las costas de Cumaná y Margarita, etc., no había hallado una sola embarcación de ilícito comercio, lo cual es cierto; pero no lo es menos que los administradores de Real Hacienda de Coro, como a su hora lo hicimos constar, se habían dirigido a Icuza diciéndole que « con esta fecha hacemos presente a nuestro jefe el señor Intendente D. Francisco de Saavedra lo importante que será al servicio del Rey se destinen dos o más corsarios marítimos para el resguardo de estas dilatadas y desamparadas costas «, cosa sobre la que Saavedra guarda el más absoluto de los silencios.
De otro punto de evidente gravedad habla Saavedra al Ministro de Indias: el de las competencias suscitadas entre los dos resguardos cuyos dos jefes, dice, « salieron ya de Cádiz implacables enemigos », añadiendo que « El resguardo de mar, apoyado por la Compañía, y compuesto todo de vizcaínos, ha levantado el estandarte de la discordia contra el resguardo de tierra compuesto por la mayor parte de andaluces », aunque tiene que confesar a renglón seguido que « es cierto que estos (los andaluces) han cometido alguna otra violencia que yo no he podido remediar. .. ». Por donde nos encontramos con otro caso semejante a aquel que, cuando la rebelión de Juan Francisco de León, diagnosticaba Ramón de Basterra diciendo: * Las entrañas meridionales de Venezuela habían de sentirse heridas por aquella intervención (la de la Compañía Guipuz-coana) imprevista y avasalladora de una raza hasta entonces desconocida ».*
Sin embargo, los venezolanos habían tenido ya suficientes ocasiones de ir conociendo a esa nueva raza de la que, cuando la hora de la suprema prueba se acercaba, podrán decir, refiriéndose concretamente a sus hombres de mar, cosas como éstas:
« De Cumaná, la Nueva Barcelona, Guaira, Puerto Cabello, Coro y Maracaibo se encuentran marinerasos con que poder tripular hasta cuarenta barcos cañoneros, y una escuadra de veinte buques de guerra. Y entre los Oficiales de mar y Pilotos los más vizcaínos muy capaces para estos mandos y de espíritu sobresaliente en los casos de ataque, que son los únicos en quienes fiaría tales facciones, y no en los oficiales de tierra
Y sin más comentarios, damos a continuación copia completa de la carta que es como sigue:
> Icuza ha recorrido todas las costas de esta provincia, desde Coro hasta Trinidad, y no ha hallado en toda ella una sola embarcación de ilícito comercio. También recorrió la costa del sur de Puerto Rico donde apresó siete barcos dinamarqueses o ingleses que, anclados en aquellas radas, hacían el contrabando, aunque no hubiera podido hacer estas presas, si no hubiese llevado consigo una lancha corsaria de las cuatro que había aquí anteriormente, las cuales son las embarcaciones verdaderamente útiles para la persecución del contrabando. > De aquí puede V.E. inferir dos cosas: la primera, que las embarcaciones grandes, como las que ha traído Icuza, no son a propósito para el corso que se necesita en las costas de esta Provincia, especialmente el bergantín "Coro" y la balandra "Aranzazu" que ni andan ni barloventean, como lo ha acreditado la experiencia, y que, por consiguiente, son absolutamente inútiles, La segunda, que en esta Provincia no se hace en el día sino poquísimo contrabando, y ese no se ejecuta en las costas, a viva fuerza, sino en los dos puertos principales de La Guaira y Cabello, por medio de varias estratagemas que con el tiempo, la constancia y la observación se van descubriendo y cortando. Desde mi ingreso a esta Intendencia, se han hecho varias aprehensiones de varios fraudes y todas se han ejecutado en los puertos o a la entrada de ellos en embarcaciones que venían confiadas en las inteligencias que tenían con los mismos empleados de la Real Hacienda. Habrá diez días que se descubrió una redada de defraudadores que, con facturas falsas, sacaban guías de la aduana de géneros que iban a tomar en Curazao, y después introducían, a golpe seguro, en Puerto Cabello, sobre lo cual estoy siguiendo la causa con el mayor ardor, habiendo preso a una multitud de reos, entre ellos el guarda mayor de La Guaira que, según lo que hasta ahora, resulta, será necesario quitarle el empleo porque contribuía, con su disimulo, a este método diabólico de hacer el contrabando, que, según aparece, ha mucho que estaba establecido y se ha rastreado por una rara casualidad. Con este y otros ejemplares que anteriormente he hecho, se hallan desanimados los defraudadores en términos que, acabo de saber por noticias muy verídicas, que una gran cantidad de pesos que había depositada en Curazao para hacer el contrabando, la han mandado los interesados remitir a Europa, temerosos de no poder lograr sus intentos.
El resguardo de tierra nunca lo estableció sobre un pie vigoroso porque los Factores, los Comandantes del resguardo y todos los dependientes hacían el contrabando a banderas desplegadas. Los mismos barcos que venían de Europa traían lo menos la mitad de la carga fuera de registro. Estas son verdades que aquí se hacen palpables al hombre menos ilustrado, y V.E. las reconocera experimentalmente luego que el comercio libre que se va entablando con felicidad, llegue a su pleno vigor.
» Aseguro a V.E. que cuando llegué aquí y vi la faz de este país, sus proporciones y el genio de sus habitantes, me prometí una Intendencia feliz, pero la venida de los dos resguardos, sus desaveniencias y la dificultad de mantenerlos me ha perturbado la tranquilidad, me distrae la atención de los objetos más importantes de mi ministerio y me quita aquel fondo de satisfacción y de paz tan necesario para hacer cosas buenas.
- Estas ideas serán poco concordes a las que le influirán a V.E. los interesados en la Compañía Guipuzcoana que son los ünicos votos que aquí tiene el corso marítimo, pero debe V.E. advertir que ellos han llevado el fin de despachar sus malos barcos a buen precio, como lo han logrado, y ejecutar lo mismo con los almacenes y arreos navales que les quedan en Puerto Cabello. Además quisieran ver esta Provincia gravada con más carga de la que puede sufrir a ver si puede recobrar su antiguo privilegio.
Y al día siguiente, 5 de Abril, vuelve Saavedra a insistir en sus ataques al resguardo de mar en una extensa comunicación en que repite lo de la competencia suscitada entre los Comandantes de los Resguardos de Mar y Tierra, la inutilidad del corso, el gran gasto que ocasiona al erario, etc., etc. En cabeza de la primera página de esta carta, se puede ver una nota que dice así:
" En vista de anteriores representaciones de este Intendente se le ha mandado envíe al resguardo de las costas de Cartagena de Indias al Comandante Icuza con los buques sobrantes de Caracas y que arregle como le parezca el resguardo de mar de aquellas costas ».2
Efectivamente, ya con fecha de 18 de Marzo se había dado la siguiente Real Orden:
Pronto, pues, recibiría el Intendente Saavedra con el alborozo que es de suponer en quien logra una cosa en cuya consecución tantos afanes había derrochado, el siguiente despacho de Calvez:
Con ese despacho recibía Saavedra la siguiente carta reservada :
Naturalmente, no perdió el tiempo Saavedra en cumplimentar la orden superior dando noticia a Icuza de la novedad con otros particulares de interés que pueden verse en su carta fechada en 28 de Junio: Inmediatamente pasé orden a Icuza para que dé cumplimiento a la determinación de S.M. y dentro de dos o tres días saldrá para Puerto Cabello a alistar los dos bergantines y hacerse a la vela con ellos para Cartagena. He tenido por conveniente tratar este asunto con la mayor reserva: lo primero porque al esparcirse la noticia en las islas extranjeras de que se van de aquí la mayor parte de los corsarios y el mismo Icuza cuyo nombre es bastante respetado no se alienten los contrabandistas a venir a hacer sus introducciones por la costa. Lo segundo porque no den aviso a los que están haciendo el contrabando en las cercanías de Cartagena y pueda sorprenderlos con su impensado arribo. Con este fin le he dado dos órdenes: la una pública en que le prevengo vaya a hacer una recorrida a las costas de Puerto Rico; la otra reservada que le manifiesta su verdadero destino. Luego que se verifique su salida y se liquiden las cuentas de los gastos que han hecho los corsarios, pondré el resguardo marítimo sobre el pie más económico posible, adaptándolo a lo necesario para extinguir el contrabando, y en consecuencia se arreglará la contribución del corso reduciéndola a una cuota Cuando Icuza llegó a esta Provincia, la primera vez que se me presentó me dijo, confidencialmente, que con anuencia del que hacía de Comandante del resguardo de Cádiz, había embarcado en el bergantín "Coro" una pacotilla de géneros; pero para evitar que se publicase en Cádiz que en un barco del Rey se traía cosas de comercio, no habían pasado por la aduana de aquel puerto, sino que se habían embarcado con sólo el pase del resguardo. Efectivamente, me presentó la factura de los géneros firmada de él y de un tal don Juan de Calvez, y me suplicó permitiese aquí su entrada pagando los derechos que yo prescribiese.
» Fundado en estas razones, permití que los tales géneros se desembarcasen, pero pagaron por la aduana donde fueron registrados prolijamente y satisfacieron los derechos corres-
Para cuando esto se escribía, Icuza ya había partido para su nuevo destino de Cartagena de Indias. Llevaba, sin duda, el alma lacerada. Había venido a luchar como en los viejos tiempos. Podía hallarse en su elemento sobre la cubierta de su buque, entre los rugidos de la tormenta y el fragor de los combates. Pero sentía que le faltaba el aire en los despachos de las Intendencias y salas de los dignatarios donde se forjan
En Septiembre de dicho año de 1784, salía Icuza para su nuevo destino al mando de los bergantines "San Joaquín" y "Nuestra Señora del Coro" y el balaux "Nuestra Señora del Carmen". Y la primera noticia que tenemos de él es la de un doloroso suceso testimoniado por un documento que hallamos en el Archivo de Caracas,1 firmado por el propio Icuza, a bordo de) bergantín "San Joaquín", el 8 de Diciembre de 1784, en el que da cuenta de la muerte de diecisiete hombres pertenecientes a los tres buques arriba citados. Perdieron la vida estos hombres « defendiéndose contra los indica en el territorio de Bahía Honda con motivo de haber desembarcado a hacer agua por impróxima necesidad para las tripulaciones de los tres referidos buques ». Así lo certifica nuestro conocido el escribano José de Elduayen, « como contador del bergantín "San Joaquín" de S.M. », quien nos describe a los tres muertos de la tripulación del propio bergantín: el maestro Bernardo Salaverria, « natural de la plaza de San Sebastián en donde reside su viuda Juana Bautista Alberdi»; el patrón de bote Francisco Hernández, * natural de la misma plaza de San Sebastián donde reside su madre Micaela Artola y el ayudante de condestable José Dionisio de Sagarzazu «natural de la plaza de Fuenterrabía en donde reside su madre Agustina Basterrechea con una hija », así como a los cuatro pertenecientes al "Coro" y los diez restantes del balaux, la mayor parte venezolanos.
Con referencia a sus compatriotas, Icuza podría haber tenido presentes en aquellos momentos las palabras del Padre Larramendi: « Caracas ha sido sepultura de guipuzcoanos sin número; esto es público y no obstante, Caracas es donde aspiran, como si cada uno de ellos hubiera de ser un factor de los que en seis u ocho años se han hecho riquísimos por arte de Merlín, que aquí no se sabe y allí se aprende ».
Mal comienzo era éste que, al de pocos días de la llegada de Icuza a su nuevo teatro de operaciones le deparaba la costa de Bahía Honda cuyo nombre evoca uno de los hermosos sueños del Libertador: * La Nueva Granada se unirá con Venezuela, si llegan a convenirse en formar una república central, cuya capital sea Maraeaibo, una nueva ciudad que, con el nombre de Las Casas, en honor de este héroe de la filantropía, se funde entre los confines de ambos países, en el soberbio puerto de Bahía-honda. Esta posición, aunque desconocida, es más ventajosa por todos respectos. Su acceso es fácil y su situación tan fuerte, que puede hacerse inexpugnable. Posee un clima puro y saludable, un territorio tan propio para la agricultura como para la cría de ganado, y una grande abundancia de madera de construcción. Los salvajes que la habitan serían civilizados. .. >. Menos, si cabe, que cuando Bolívar escribió estas líneas lo serían los que atacaron a los hombres de Icuza del cual nada nos autoriza a afirmar que resultara herido en aquella desgraciada acción — que por su propia mano comunicó, o al menos firmó, a la superioridad. Pero sí es lícito imaginar que ella vendría a golpear duramente en su espíritu seguramente decaído por los recientes sucesos de Caracas. El hecho es que el silencio se hace por unos meses en torno a él y la primera noticia que después de ésta nos llega es la de su fallecimiento, según se hace constar en Real Orden dirigida al Arzobispo Virrey de Santa Fe, con fecha 17 de Noviembre de 1785. Teniendo en cuenta los pocos meses que median entre esta fecha y la agresión de Bahía Honda e incluso el que Icuza falleciera, como se dice, * en jurisdicción de Santa Marta », es razonable pensar que desde el citado infeliz suceso su salud quedara resentida y, tal vez, por ello no se alejara mucho de aquellos parajes en los meses que siguieron. En cuanto a la fecha exacta de su muerte — que en ningún documento establece —, podemos decir que, según certificación expedida, en Octubre de 1788, por el Contador de Real Hacienda de Río Hacha, Alfonso Gutiérrez; « dicho teniente coronel recibió de estas cajas en el tiempo que se mantuvo en este crucero... 1.762 pesos, 5y2 reales... » que es el monto de una cuenta que adjunta y que la forman partidas recibidas por Icuza para pagar al mayordomo Juan José de Acha y al cocinero Ignacio Echeberría « que servían a dicho teniente coronel » y a los cuales « consta que hasta el 4 de Julio del mismo año (1785) se le quedaron debiendo. .. 192 pesos ». Y como el último recibo de lo que « a cuenta de sus sueldos » percibe Icuza es de 23 de Junio, parece indicar todo ello que para fines de Junio o primeros de Julio ya hubo de retirarse del servicio.
Dice así la R.O. firmada por el marqués de Sonora, el 17 de Noviembre de 1785, en San Lorenzo:
» En su consecuencia exponemos a V.E. que el expresado Teniente Coronel falleció en la jurisdicción del Gobernador de Santa Marta quien, noticioso de que el equipaje y papeles correspondientes al difunto existían en poder del Gobernador de Maracaibo (bajo un formal inventario) los reclamó, por su carta de 17 de Julio próximo pasado, acompañando copia autorizada de la Real Cédula de 29 de Enero de 1777 que comete al Capitán General o Gobernador el conocimiento de las testamentarías de oficiales militares que mueren en sus distritos, y en cumplimiento remitió el expresado Gobernador de Maracaibo al de Santa Marta, los papeles y demás que pertenecían a Icuza, de que nos dieron aviso uno y otro Gobernador, añadiéndonos el segundo en carta de 16 de Agosto último que reservaba en su poder (con todo lo demás) los papeles relativos a la comisión muy reservada que se le había confiado, hasta la resolución del señor Virrey a quien había dado cuenta, en cuyo estado nada nos queda por hacer en e! particular, ni menos en el abono de las pagas del referido Comandante por corresponder a las obligaciones del Reino de Santa Fe a donde estaba destinado con los buques de su mando, sin perjuicio de habérseles auxiliado por esta Capitanía General e Intendencia con cuanto han necesitado y pedido a Maracaibo para conservar el crucero sobre aquellas costas.
A este despacho contesta el Marqués de la Sonora, es decir, don José Calvez, con este otro fechado en Aranjuez, 18 de Junio de 1786:
Esto es todo lo que sabemos del fin de Vicente Antonio de Icuza quien andaba entonces por los cuarenta y ocho años; casi la misma edad en que, desde aquel mismo territorio de Santa Marta, abandonaría el mundo, medio siglo después, el Hombre grande de América. Podía aún haber dado lo mejor de sí y, como su compañero de corso Lorenzo de Goicoechea, quien le sobrevivió catorce años, hacer ilustre su nombre en campañas famosas sobre los siete mares.
Pero acaso es mejor que fuera así. Que terminara su vida en un rincón de estas costas que tanto debió de amar, y que la terminara casi a la par con la Compañía de la que fue uno de los hombres más cabalmente representativos.
Creemos verlo en su lecho de agonizante, entregado por última vez a la visión interior de su vivir: desde su infancia en la casa paterna de Rentería que anima la visita del capitán Guillamasa quien, frente al humeante chocolate, narra una y otra vez, sus aventuras por los mares del trópico; sus escapadas a Pasajes en las que la visita a su madrina, doña Juana de Lezo, eran el pretexto alegado ante su madre doña Teresa que se dejaba engañar, sabiendo bien que en Pasajes eran el puerto y los cuentos del viejo Shanti los que arrastraban al muchacho; la emoción de su primera salida en los guardacostas; el recuerdo de aquellos hombres formados a su lado y bajo su mando: el bravo Joaquín de Mendizabal y el gallardo Manuel Antonio de Urtesabel, y Francisco Xabier de Jaure-gui, Ignacio de Barrena, Domingo y José Antonio de Álzate, Juan Antonio de Careaga que le sucedió en el mando del corso de Caracas... todos aquellos compatriotas valientes y leales, hombres de una pieza y de una sola palabra que corrieron con él su suerte tantas veces en aquellos abordajes «sable y cuchillo en mano », según se dice en los viejos folios, como la corrieron otros más lejanos en la sangre o más humildes en sus puestos, pero no por eso menos firmemente centrados en su afecto, como Garachico, aquel avezado marinero maracucho y tantos otros... Después un rictus de desagrado marcado por el pasar de las figuras de los Calvez, los Saavedra, los Pizarro... y con ellos, de repente, aquellas ideas en Bilbao entrevistas y que ahora se le hacen claras. .. ; el último recuerdo para la fiel compañera que allá lejos habría de vestir el luto de la viudez... y, por fin, la serenidad definitiva del que entra en el eterno reposo.
Queda en nuestro recuerdo su imaginaria figura. Estampa de hombre recio, forjado entre aventuras y trabajos, que escruta la lejanía del mar, con sus ojos azules de acerado fulgor, desde el puesto de mando de su capitana. Aquella gallarda balandra "Nuestra Señora de Aranzazu", que cruzaba estas costas bordando espumas, en arrogante empopada, como si la poseyese el orgullo de saber que, entre todas las naves
guipuzcoanas ninguna tan marinera como ella cuando la gobernaba la mano firme y experta de su capitán Vicente Antonio de Icuza. |
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