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OBRAS - COMPLETAS - EL HOMBRE VASCO


OBRAS COMPLETAS PUBLICADAS - EL HOMBRE VASCO 
 

JESÚS DE GALINDEZ


Yaun-andreak, agtirr:
Gaurr, bi urte dirala, Galíndez, gain-gaiñeko aber-tzale ura, yoan zitzaígun; ez dakigu nondik, ez dakigu ñora...
Biltzen gera emen arratsalde ontan, aren oroia gure gogora ekartzeko; aren bizitza ta egintzak begi au-rrean yartzeko; aren eredua aren erakusburua, gugan ongi ta sendoki sartzeko...
Parkatu bearr dtdazute, euskaldunok, erderaz egin bearr ba'dut; errezago niretzat, noski, baiña, bestalde, emen diranetako geienentzat uler-bide bakarra, da-murik.

Compatriotas:

Allá por febrero de 1956, es decir, unas semanas antes de su desaparición, escribió Galíndez un artículo titulado "Dos Gobiernos tuvieron vergüenza" en el que hacía un examen de la actuación absurda de los países democráticos en la asamblea de las Naciones Unidas que se acababa de celebrar. Un refugiado español que para entonces ya era, como continúa, siéndolo, representante de prensa de un país titulado demócrata, que naturalmente votó a favor de Franco, calificó de insensato a Galíndez a raíz de ese artículo. Nuestro compatriota le replicó con otro al que pertenecen esos párrafos que podéis leer al píe de ese óleo de Galíndez colgado en el salón principal de este CENTRO VASCO. Siguiendo el orden de los varios conceptos en esos párrafos expuestos, desarrollaremos nuestras ideas para hablar hoy, brevemente, en este acto de homenaje y recuerdo a nuestro desaparecido amigo: "Mientras mi Patria Euzkadi siga ocupada y sojuzgada, seguiré luchando contra el invasor", he ahí a Galíndez el hombre de la Patria. "Mientras no haya libertad, seguiré pidiéndola a gritos", ahí tenéis a Galíndez, el hombre de la Libertad. "Dios me de fuerzas para seguir siendo insensato hasta el día de mi muerte", he ahí a Galíndez, el hombre del destino.


Y primeramente, una ligera síntesis biográfica de Galíndez, simplemente del hombre Galindez.
Sintesis biográfica.
Hay una parte de la región vasca de Álava que se interna como una cuña en tierra de Vizcaya de la que, sin duda, formó parte en otros tiempos. Es aquella comarca que limitada por los montes de Altube y la Sierra Salvada, está constituida por una serie de valles chicos y risueños y es conocida con el nombre de tierra de Ayala. Tierra con personalidad legendaria; tierra que ha sido regida libremente por sus propios moradores desde tiempo inmemorial. Dos grandes monumentos atraen inmediatamente nuestro interés en esa pequeña tierra. En primer lugar, la sede de las Juntas de Ayala, el recinto de Saraobe donde los ayaleses se reunían para darse democráticamente sus propias leyes que, en lo civil todavía conservan su vigencia. Y, muy cerca de ese recinto, el monasterio de Quejana donde duerme su eterno sueño aquel hombre que tan poco dormido debió de ser en vida, pues, aparte de sus notabilísimas realizaciones literarias, diplomáticas y guerreras, ostenta el extraordinario y difícilmente igualable record de haber sido consecutivamente consejero de cuatro reyes, dos de ellos por cierto, mortalmente enemigos entre sí. Tal fue el canciller Pedro López de Ayala.

Pues bien, cerca de esos monumentos, a cien metros del campo de Saraobe, se halla la quinta de Larraobe, propiedad de los padres de Galíndez, en la cual vino al mundo nuestro amigo en el año 1915, el día 12 de octubre; el mismo en que nació América.

La familia de Galíndez era antigua en el Valle de Ayala. Su apellido es evidentemente un patronímico español, pero no es menos evidente que su antigüedad bien conocida en la comarca y el hecho de que todavía la casa en que nació el padre de Jesús de Galíndez sea conocida con ese nombre, testifican su clara oriundez vasca. Probablemente se trata, caso nada infrecuente en la región alavesa, de la pérdida del verdadero apellido toponímico correspondiente.

El abuelo de Galíndez era médico-veterinario del Valle; su padre —el de Jesús— médico-oculista que, cuando tuvo la desgracia de perder a su esposa —tenía nuestro amigo entonces sólo ocho años—, se fue a vivir a Madrid. Allí comenzó Jesús el estudio del Bachillerato con los Padres Jesuítas, y allí continuó después estudiando en la Facultad de Derecho, pero sin dejar nunca de regresar en vacaciones, los veranos, a aquella tierra que siempre poseyó su corazón. Una prueba de ésto es su primera publicación constituida por una nonografía del Valle de Ayala, escrita a los 18 años. Su vocación de escritor da su segunda fruto al año siguiente con otra monografía sobre "La Legislación Penal Vizcaína". A los 20 años da su primera conferencia que, pronunciada en el "Hogar Vasco" de Madrid, tuvo por tema "Las Juntas Vascas". Era ya evidente su gusto y aptitud por los temas históricos y jurídicos entroncados en su raza. Termina sus estudios universitarios graduándose en Derecho en junio de 1936. Al mes siguiente, estalla la sublevación franquista y con ella comienzan las actividades políticas de nuestro amigo que ha de actuar en Madrid en el directorio del Partido Nacionalista Vasco primero, y después como Delegado del Gobierno Vasco, y Asesor Jurídico de la Sección de Presos y Desaparecidos, finalmente.


Se mueve en todas esas actividades que nos describe en esos libros episódico-biográficos que se llaman: "Los vascos en el Madrid sitiado" y "Estampas de la guerra". Para después cambiar su vida, un poco de retaguardia, aunque Madrid siempre siga siendo frente, por la que llevará en aquella Brigada Vasco-Pirenaica del frente de Aragón. Pasa a la sección jurídica en 1938 y poco después, con el desastre definitivo, es su huida a Francia, como tantos miles y miles de sus compatriotas. Y, como durante su estancia en Madrid sus actividades de tipo gubernamental le habían hecho establecer contacto frecuente con varias Embajadas, las amistades que había contraído con la de Santo Domingo, le impulsan, allá en Burdeos a preparar su viaje para dicha república del Caribe.

Seis años permaneció en Santo Domingo. Cinco de ellos como Delegado del Gobierno Vasco. Lo vemos también allí como catedrático de Ciencias Jurídicas en el Colegio de Derecho Diplomático. Lo vemos colaborando en la "Revista dominicana de Jurisprudencia" y moviéndose en una serie de actividades, casi todas enfocadas hacia los estudios jurídicos.


En Santo Domingo publica la mayor parte de sus libros, bien sean éstos los de carácter episódico-biográ-fico, bien de índole estrictamente jurídica como "Conflicto de leyes en la América actual", bien aquéllos en que lo jurídico se conjuga con lo patriótico, como en esos tomos que hacen honor a la colección EKIN y que se llaman "Los vascos en el Derecho internacional" y "El Derecho vasco". Allí lo vemos también contendiendo en los concursos literarios como en aquél que obtiene el primer premio exaltando la figura de Enti-quillo, primer héroe de la independencia dominicana. Allí, finalmente, en plena dictadura trujillana, ve, oye, calla y se documenta para lo que luego se verá.

La tercera etapa de su vida se desarrolla en los Es-tndos Unidos. Diez años: de 1946 a 1956. Lo vemos allí, de inmediato, al servicio de la Delegación de Euzkadi, trabajando en cuanto aspecto de actividad vasca se presente. Acude a Francia al Congreso de Estudios Vascos de Biarritz, con brillantes aportaciones. Algo más tarde, el año 1950, ingresa como profesor auxiliar en la cátedra de Derecho Público Hispano-Americano e Historia de la Civilización Ibero Americana. Este año de 1950, precisamente, concurre a Caracas a los actos de inauguración de este CENTRO VASCO; poco antes había conseguido un premio, en el concurso que la revista "Euzkadi" de aquí había organizado, con un trabajo en el que se estudia la influencia de la Revolución francesa sobre los vascos. Poco después obtenía otro en los Juegos Florales catalanes, estudiando la figura del Príncipe de Viana en quien, por un momento, vinieron a converger las vidas de Cataluña y de Euzkadi. 

El ano 54, mientras continúa infatigablemente con sus actividades literarias, haciendo un poco de alumno y otro poco de profesor, va preparándose para conseguir su cátedra. Es entonces cuando publica su libro "Ibero-América", quizá el mejor de los suyos, aunque no tan conocido como debiera. Y ya en el año 1956, prepara su tesis doctoral que se titulará "La era de Trujillo" que es, en febrero de ese año, aprobada por la Universidad de Columbia. Pero, cuando el 12 de marzo, sale Galíndez de explicar su clase y se dirige a una estación del ferrocarril subterráneo de New York, he aquí que perdemos su presencia física para nunca saber más de él.

Esta es, esquemáticamente trazada, la vida de Galíndez cuyas obras nos revelan al investigador de raza, al historiador, al jurista, al literato, al profesor y al periodista que en esos últimos años se había convertido en un asiduo colaborador, no sólo de todas las revistas de signo patriótico vasco, sino también de varios de los periódicos y revistas más leídos a lo largo de toda la América.

El hombre de la Patria.
En el artículo citado al comienzo de esta disertación, vimos que había escrito Galíndez: 'Mientras mi patria Euzkadi siga sojuzgada, seguiré luchando contra el invasor". Este es Galíndez, el hombre de la Patria. Es decir, un hombre que constituye en centro de su vivir aquella, noble actividad que se pone total e incondi-cionalmente al servicio del resurgir de su patria. Es un hombre cuya razón de vivir no es otra que un fluir constante del anhelo de dar vida a la patria cuya muerte el enemigo tiene decretada. Para Galíndez se trataba de una patria que de niño él no conocía. patriotismo hubo de comenzar por un sentimiento que él mismo no podía explicarse y que nosotros creemos poder sorprender en sus gérmenes al recordar la fruición que experimentaba al acompañar, muy niño aún, a su abuelo en las andanzas profesionales de éste por todos los rincones del Valle de Ayala. 

Alli, sin duda, empieza a sentir, con la amorosa contemplación del paisaje, esa sagrada comunión con la tierra natal; con la tierra que e! vivir, el sufrir, el gozar y el morir de tantos antepasados nuestros han consagrado. Sabemos por él de esas correrías acompañando a su abuelo; sabemos también que al volver a la Patria, todas las vacaciones, le acuciaba el ansia de repetir aquellas correrías infantiles, y sabemos cómo le gustaba situarse en muda contemplación frente a aquel pico de Iturri-gorri, roqueña cima que fija por aquel lado la frontera entre Euzkadi y Castilla. Yo me imagino por un momento a Galíndez abstraído en esa contemplación, empapándose en esos invisibles efluvios que surgen de la tierra amada en los que gusta al patriota sumergir su alma. 

Lo veo contemplando con acariciadora mirada de enamorado esa tierra que incontables generaciones de antepasados le dejaron como una santa herencia. Lo veo mirándola con esos ojos con que sólo los verdaderos patriotas son capaces de mirar. Porque es que cuando el amor se enciende en llamaradas de patriotismo pone en las cosas más simples y vulgares de nuestro suelo, perfección de líneas que deslumhra, colores que el iris no conoce, y nos hace percibir en el rumoreo del más humilde de nuestros arroyuelos, soberanas armonías como sólo los magos de la música pueden escuchar en esos momentos de divina fiebre en que golpea en sus sienes el genio de la inspiración. Estoy viendo a Galíndez frente al pico de Iturrigorri; su mirada es soñadora; quizá en este momento ve cómo se ciernen sobre él los buitres, y la alarma asoma a sus ojos, pues ve en ellos el símbolo de las invasiones castellanas que por allí buscaban su cauce. Pero pronto el sosiego vuelve a él con sólo poner la vista en el fluir del arroyo que allí nace, constante e ininterrumpido y que se le antoja el símbolo del perpetuo manar de la raza que, en el Valle de Ayala, como en todo rincón de nuestra vieja tierra, se hace sustancia de eternidad. Así se va formando el embrionario patriotismo de Galíndez; algo que aun es sólo calor de sentimiento, pero que pronto llegará a convertirse en luz de conciencia nacional.


Llega un día en que, según nos cuenta, ponen en sus manos una banderita diciéndole: "Toma, es una banderita vasca; pero guárdala bien, que si te ven, te pegarán". Y tan bien la guardó, según nos dice, que no la pudo encontrar más.
Pero pasan unos años más y viene la revelación definitiva. Es cuando cae en sus manos ese libro que yo quisiera, jóvenes que me escucháis, verlo en las vuestras: "Bizkaya por su independencia". Ese libro vigoroso y revelador del maestro Sabino de Arana Goiri en el que sobriamente nos cuenta las gestas de los vizcaínos; ya cuando allá en Arrigorriaga derrotan al ejército leonés y aquella varonil mujer vizcaína corta la cabeza de su jefe Ordoño; ya en aquella frustradas invasiones como la que resuelve la batalla de Munguía en la que Oñacinos y Ganboínos, Muxika y Abendaño, patrióticamente unidos, ponen en fuga a las tropas de Enrique IV el Impotente, revalidándole el apodo; ya en los intentos de Pedro el Cruel fracasados, primero en el valle de Gordejuela, y luego en las alturas de Otxandiano, en aquella batalla de la que al regresar los vizcaínos vencedores a contar el suceso a uno de sus jefes que por su ancianidad no había podido concurrir y cuyos hijos habían perecido todos en la contienda, escuchan aquella respuesta que parece arrancada de las hojas de una crónica espartana: "Amandarro'k ez dauko semerik, baiña Bizkaya'k ez dauko buztarrik" (Araandarro ya no tiene hijos, pero Vizcaya no tiene yugo). Este y otros recios episodios revestidos de la clara prosa sabiniana y palpitantes en su emoción fué-ronse haciendo carne en el alma de Galíndez quien desde entonces fue ya para siempre sin treguas ni titubeos, un hombre de la Patria.


Fue hombre de la Patria, hombre de la patria nuestra. Esa patria de la que se nos dice que es muy pcquefiita; ese patriotismo del que se nos dice que es estrecho, porque se opone al internacionalismo, porque no sirve a lo universal. Pequeña es, sí, nuestra patria, pequeña como un niño caliente, como un corazón que, sin parar miras en su tamaño, ha latido siempre ejemplarmente por la libertad. Pequeña nuestra patria! Para los que así nos motejan las patrias ideales han de ser el Sahara con sus arenales, la Siberia con sus estepas o la Antártida con la inmensidad de sus hielos y no son, por lo visto, patria ni son países dignos de su propia soberanía esos modelos de colectividades humanas que se llaman, por ejemplo, Suiza en Europa y Uruguay en América. 

Como si el valor de una persona, de una patria, de un organismo se determinase en función de su tamaño y no en la perfección de su estructura y concertada acción entre sus partes; como si nosotros en nuestra pequeña patria vasca no tuviéramos una unidad perfecta, no ya sólo de raza, lengua, cultura, etc., sino incluso económica en la que las regiones industriales de Vizcaya y Guipúzcoa conjugan perfectamente con las agrícolas de Álava y Navarra, con la pastoril de Zuberoa e incluso con la turística de Laburdi. iQue no somos universales! Seguramente que Galíndez sabía muy bien aquello que escribió un día nuestro desarraigado Unamuno: "Que si el Quijote es universal es porque se compuso en un rincón de la Mancha". Y es que, para ser del universo, 

hay que empezar por ser del propio hogar. Es que, para ser internacional, en el más noble sentido que este vocablo debe tener, es preciso que cada uno sea de su propia nación. Porque no puede llegarse a ningún internacionalismo ni universalismo que valga la pena si comenzamos por aniquilar las unidades naturales, las naciones que son su base. La existencia indudable de las naciones se opone y se opondrá siempre a la uniformidad, pero la unidad puede alcanzarse siempre que se parta de los hechos diferenciales que la naturaleza nos ofrece y se avance hasta armonizarlos en una organización superior que a todos comprenda, respetándolos a todos. ¿Es que la naturaleza no nos dio el ejemplo al poner en cada flor un aroma, en cada pájaro un canto y en cada nación uu idioma de lo que resulta ese coro de la universal armonía en que encuentran sus delicias los espíritus superiores?

El hombre de la Libertad.

Todas esas cosas las sentía en lo hondo nuestro Galíndez porque él era un verdadero hombre de la patria. Pero, por serlo, era también algo más: un hombre de la Libertad. "Mientras no haya libertad, seguiré pidiéndola a gritos", decía. Porque sentía dentro de sí que, como hombre integral, había nacido para la libertad; porque era por naturaleza un hombre libre. Un hombre libre! Qué sencillo parece ésto y qué difícil suele ser, sin embargo. Para mí siempre ha sido algo de lo más grandioso que he leído en los Libros Santos aquel pasaje que dice: "Creó Dios al hombre y lo dejó en manos de su consejo" (Eclesiástico, 15).


Porque esto quiere decir que el mismo Dios que creó a millones esos resplandecientes astros y los lanzó a los espacios infinitos, les fijó una órbita, un camino del que, con toda su enorme mole, no tienen poder para apartarse; el mismo Dios que quiso separar a los continentes por un mar inmenso puso a las arrebatadas iras de éste un dique de arena o roca del que nunca podría pasar. Pero al hombre, desde que le constituyó en la suprema dignidad de Rey del universo, ni le puso camino fijo ni le señaló infranqueables barreras. El hombre puede caminar todos los caminos, el hombre puede franquear todas Is barreras; él es el único arbitro de su propio destino que será el de llegar un día K la participación del soberano Bien, alabando bienaventurado al Creador o el de abatirse para siempre en el abismo donde la desesperación presta su ronca voz n la blasfemia. En sus manos está la tremenda elección porque, al crearlo, Dios lo constituyó en libertad y esto es lo que hace la grandeza del hombre y su nobleza. Por ésto, precisamente, las dictaduras son esencialmente antit-TÍstianas y no entendemos ni podremos nunca entender los que, ante todo, somos hombres de Cristo, la posición de la Jerarquía que apoya y da fuerza y vida a regímenes que son la negación misma de la libertad: de todas las libertades.

Galíndez, como hombre de la libertad, empezaba por ser un defensor de la libertad vasca. Sabía bien que los vascos no podemos enorgullecemos de haber dejado a la humanidad un legado como las Pirámides de los egipcios, los mármoles de Grecia o lai vías y monumentos romanos. Pero sabia bien que nuestro pueblo ea titular de una herencia de libertad como difícilmente pueblo alguno de la tierra puede ostentar. Un pasado en el que en medio de una Europa feudal, edificada sobre la esclavitud y la desigualdad de los hombres, nuestro pueblo, constituido por una raza limpia, duefio de un idioma no emparentado con ninguno de los conocidos, establece como su dogma político fundamental la nobleza de todos sus hijos y la igualdad de todos ellos ante la república. 

Son esos siglos de libertad y pureza democrática de nuestra patria que más de una vea nos han hecho repetir aquellas palabras del Cantar de los Cantares: "Eres toda hermosa, amada mía, y en ti no hay mancha".
Galíndez amaba así a la libertad vasca. Pero, fijaos que en el páriafo que de él hemos citado sólo habla de libertad, sin especificación alguna. Y es que, en rigor, no la necesita. Porque el que de verdad es hombre de la libertad, lo es de la propia y de la ajena; lo es de la de su patria y de las patrias todas. Porque no es hombre libre el que se contenta con serlo el sólo y no sufre, como en propia carne, cuando se viola la libertad de los demás. Porque no es pueblo libre el que vive satisfecho viendo a su alrededor a otros pueblos sumidos en la opresión; porque la libertad constituye entre los hombres como un cuerpo al que no se puede herir en ninguna de sus partes sin que los demás miembros se sientan vulnerados; porque la libertad es un patrimonio común a la humanidad; ella ennoblece al hombre, pero también marca a fuego al que elude participar en su defensa.

Si no perdemos de vista este concepto de que la libertad resplandece en los hombres dignos como herencia recibida en mancomún, podremos responder muy bien que, cuando se dice, como alguna vez hemos ña-cuchado, que Galíndez no murió por la libertad vasca, se está diciendo una cosa que no es cierta. Galindez, como patriota vasco, trabajó y sufrió mucho específicamente por la libertad vasca, pero podemos decir también que murió por ella al ofrecerse en holocausto por la libertad de los pueblos oprimidos de América. Hay en el mundo hoy día dos frentes bien definidos: el de la libertad y el de la anti-libertad. Quedaron ya superadas aquellas divisiones de derechas e izquierdas por este mis hondo signo de nuestros días. En todos los países que hemos recorrido nos ha tocado ver hombres y partidos que por educación, por instinto o por interés se agrupan al lado de los dictadores; como hemos visto otros hombres y otros partidos que con éste o aquel nombre, estén donde estén, se hallan siempre al lado de la libertad. En ese frente estuvo siempre Galindez, entendiendo noblemente que donde quiera que defendía la libertad de un pueblo cualquiera estaba defendiendo la de su propia patria. Sentía esa comunidad en la libertad que nos hace amarla en todas partes, como ahora la amamos en Venezuela, porque, en definitiva, algo nos dice en lo más hondo que al llegar aquí la libertad se está acercando a nuestra tierra, no importa los miles de kilómetros que de ella nos separan.

El hombre del destino,
Galindez era, finalmente, el hombre del destino. "Dios me de fuerza para seguir siendo insensato hasta el día de mi muerte", había escrito y pocas semanas más tarde, un 12 de marzo, hoy hace exactamente dos años desaparecía misteriosamente, sin que nada pudiera saberse de su paradero. actividades que en un tiempo desarrolló en el Ministerio de Justicia de la República, sin darse cuenta de que cuando Galíndez ingresó en esas actividades los citados asesinatos habían sido ya perpetrados. Y siguieron otras especies con las que se daba actualidad a aquello que el gran escritor francés Francois Mauriac pudo escribir después del bombardeo de Gernika: "Los vascos, como Jesucristo, están siendo calumniados en la misma cruz en que se les tortura".
Pero los crímenes no se borran con calumnias. Y cuando tras unos meses de silencio sobre el caso, apareció asesinado el aviador norteamericano Murphy, tomó el asunto nueva actualidad. Y ésta aumentó cuando a ese nuevo asesinato siguió el "suicidio" del oficial dominicano Octavio de la Maza, presunto matador de Murphy. Y signe creciendo esta serie de muertes violentas o extrañas que ya para el día de hoy forman una procesión de ocho cadáveres que están reclamando justicia.


Sabemos que esta justicia se hará y nosotros estamos y estaremos siempre en pie para reclamarla. Estamos aquí para decir que no pedimos venganza, porque eso no entra en nuestro estilo; que ni siquiera acusamos a nadie, pofque ese no es nuestro oficio. Pero sí exigimos y lograremos que el caso se aclare y la justicia se haga, caiga quien caiga y responda quien deba responder. Nos ayudan en esta empresa el aliento de aquellos 6.158 alumnos de la Universidad de Columbia ante quienes, en junio de 1956, Jesús Galíndez fue declarado "in absentia" Doctor en Filosofía. Nos ayudan en los mismos Estados Unidos hombres como eí íntegro parlamentario Charles O. Por-ter; nos ayudan pueblos como el ejemplar Uruguay que ha decidido presentar el caso ante el Consejo de las Naciones Unidas; nos ayuda el espíritu insobornable de todos los hombres libres del mundo a quienes la iniquidad subleva porque sus corazones saben latir por la causa de la dignidad del hombre y por la justicia. En este momento está ya funcionando en los Estados Unidos el Gran Jurado que, no importa la lentitud con que opere, ha de llegar al esclarecimiento del caso, porque este crimen no puede quedar impune sin que quede empañado el honor de América y burlada la conciencia mundial. Porque no hay conveniencias políticas posibles, ni oscuras fuerzas que puedan impedir que una vez más, salga bueno aquello que escribió un gran norteamericano: "En este bajo mundo sólo hay una cosa fuerte: la que es justa".

Por eso seguimos esperando que la justicia llegue. Mientras tanto, no podemos hacer boy otra cosa que traer ante nosotros, una vez más, el recuerdo de Ga-líndez para decirle: "Tu sacrificio no será en vano. Porque con él has tensado la voluntad de los patriotas vascos que sienten que ya el día decisivo se aproxima. Nos lo anuncian las sucesivas caídas de esas dictaduras contra las que tú luchaste, nacidas & imagen y semejanza de la que a nuestra Patria aherroja-Necesitaremos de todo el espíritu que siempre animó tt tu vivir porque la empresa es muy dura. No se trata para nosotros los vascos de elegir entre éste o aquel régimen. Nuestro tremendo problema es el de ser o no ser. Porque la invasión en masa que nuestra patria sufre y con la cual quieren aniquilarla en su propia sustancia, no admite espera ni soluciones a medias.
"Insensato" Galíndez! es preciso que nos comuniques tu locura. Porque ella es de la estirpe santa de la que anunciaba el Apóstol que había de triunfar sobre la sabiduría del mundo. Ella es de la raza noble de la que inflamó en rebeldía los pechos de los estudiantes de Caracas y los lanzó a la calle en marcha abierta contra la tiranía, cuando todos callábamos aquí ante la omnipotencia del dictador. Ella es de la casta heroica de la que armó de piedras y botellas las manos duras de los hombres de la Charneca. A ella nos convida el poeta antiguo con sus recios versos:


"Libertad, libertad! ¿La quieres, Roma? Pues eso no se pida, eso se toma!".

Caracas, Centro Vasco, 12 marzo 1958 

 
 
 
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I) INIDICE OBRAS COMPLETAS PUBLICADAS INTERNET

 

I.1 Linea de Vida  y su Obra

I.2 Poesias en Euskera Recopilacion Total

I.3 Conferencias Recopilacion

I,4 Articulos Periodisticos Recopilacion Total

I.5 Lengua Vasca

I.6 Gernika

I.7 Uruguay

I.8 Venezuela

I.9 Reseñas Biograficas

I.10 Traducciones

I.11 Obras Publicadas

I.12 Semana Vasca en Montevideo

I.13 Ciclo de Clases

I.14 Nota Bio-Bibliografica

I,15 Biografia en Euskera

I.16 Sitio en Internet en Euskera

I.17 Nostalgia

I.18 Articulos Periodisticos Indice Cronologico

I.19 Articulos Periodisticos Indice Alfafabetico

II) OBRAS COMPLETAS - Libros Publicados en Internet

 

II.1  El Hombre Vasco

II.2 Hombres de la Compañia  Guipuzcoana

II.3  El Elemento Vasco en el siglo XVIII Venezolano

II.4 Vicente Antonio de Icuza

III) INDICE de TEMAS RELACIONADOS. Libros publicados por sus hijos;

 

III.1 Nere Aita - el exilio vasco - Mirentxu Amezaga 

III.2 Cronicas del Alsina -  Arantzazu Amezaga de Irujo

IV) Sus Hijos Escriben;

 

IV.1 Los tres Barcos que llevaron a Ama y Aita

IV.2 Travesia

V) Sus Hijos Escriben tras su muerte;

 

V.1 A mi Aita

V.2 La cancion de mi Padre

VI) Otros aspectos

 

VI.1 Reunion Familar en su Memoria

VI.2 Exodo

VI.3 Comision del Cuatricentenario de Caracas

VI.4 Inauguracion de la Plaza que lleva su nombre en Algorta

VI.5 Su Pequeño Poema en la Nota Necrologica 4 Febrero 1969

VII) Toda su Obra Publicada convertida en Formato PDF- puede ser leida en dispositivos  e-Book

 

 VII.1 Amézaga Vicente  Autor Irujo Ametzaga Xabier

 VII.2 Articulos de Prensa

 VII.3 Bio Biografica

 VII.4 Biografia en Euskera

 VII.5 Ciclo de Clases

 VII.6 Ciclo de Conferencias

 VII.7 Nostalgia

 VII.8 El Elemento vasco en el Siglo XVIII Venezolano

 VII.9 El Hombre Vasco

 VII.10 Los Hombres de la Compañia Guipuzcoana

 VII.11 Obras Publicadas

 VII.12 Vicente Antonio de Icuza

 VII.13 Poesias

 VII.14 Relacion de Escritos como Autor

 VII.15 Reseñas Biograficas

 VII.16 Semana Vasca Montevideo

 VII.17 Semana Vasca Montevideo Indice de Articulos

 VII.18 Traducciones

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Dedicatoria y mi homenaje a Mercedes Iribarren Gorostegui - Su esposa y mi ama

 
Sitio en Internet en homenaje a Vicente de Ametzaga Aresti.
http://vicenteamezagaaresti.blogspot.com
Unico sitio en Internet, que lleva su nombre, de referencia completa de su vida y su Obra totalmente publicada en Internet, 
Poesias, Articulos de Prensa, sus Libros, completando asi, y cerrando todo lo que se habia escrito en libros sobre el y su vida
Creacion, Edicion y contacto: Xabier Iñaki Ametzaga Iribarren
e-mail: xabieramezaga@gmail.com
Blog Xabier Amezaga Iribarren: http://xabieramezaga.blogspot.com
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